
Junto a sus miles y miles de parientes, figuran siempre, prestos a la hora de pinchar y cortar. Son tipos compinches de muchos de nosotros, durante el día a día y siempre se han prestado para auxiliar a tipos desesperados, luchando contra un pedazo de entraña, o contra un corcho de sidra en navidad. Hoy, gracias a un nuevo trabajo de “DHP Investiga", tenemos el agrado de conocer más profundamente a uno de ellos.
João Luiz (Juan Carlos, por elección) Tramontina, es brasileño, tiene veinticinco años y vive en el segundo cajón de la derecha de una alacena en Paternal.
-¿En qué dónde naciste?
-Ante todo buenas tardes. Yo soy parte de una partida de treinta mil cuchillos fabricados en Brasilia en 1983, durante una de las mayores oleadas de producción de la industria metalúrgica brasileña.
-¿Cómo llegaste a nuestro país?
-Yo llego a la Argentina alrededor de 1990 o ´91, en plena expansión del turismo de acá hacia el Brasil. Por una de esas cosas de la vida, terminé en un departamento de alquiler de Canasvieiras, en Florianópolis y en una apiolada de Carlitos (mi actual padre adoptivo) terminé cayendo acá en la Paternal. Igual, tuve suerte, en Brasil las cosas se estaban poniendo fuleras.
-¿Por qué?
-Y mirá, con el tema de las favelas pasa de todo, a uno de mis hermanos lo metieron adentro por clavarse en el pecho de un negro. Ahora el pobre vive en el subsuelo de un juzgado de Río, entre un montón de pendorchos que solían ser “evidencia”. Pero nosotros no estamos hechos para esto, hermano. Lo nuestro es el morfi.
-¿Y como te sobrepusiste a esa traumática experiencia?
-Traumatica fue para él, que ahora esta rodeado de ametralladoras, droga y otros compañeros. Pero bueno, cada uno sabe la yunta que tiene.
-¿Qué fue lo que más te costó de la llegada?
-Y al principio tuve muchos problemas con el idioma. Porque no es que a los brasileros nos cueste entender el castellano. Pero el problema es que acá es barrio barrio. Se habla mucho lunfardo y hasta que “cacé” como “venía la mano”, que cosa es un “bepi”, el “viorsi”, y ese tipo de cosas, me llevó un tiempito.
Después sí, anduve lo más bien. Pero al principio, te imaginarás que en mi posición de cuchillo no podía andar preguntando de qué hablaba la gente en la mesa.
-¿Extrañas?
-No. Sinceramente, no. Hace casi veinte años que vivo acá y la verdad es que siento al barrio como mi casa. Soy hincha del bicho. Me gusta que me pongan cerca de la parrilla, mientras escuchan el partido el domingo.
He cortado chiquitita la comida de unos cuantos bebés argentinos, y esas cosas no se pagan con nada, ¿Sabés?
Así que si hoy en día, me preguntás quien quiero que gane entre Brasil y Argentina, me ponés en una situación jodida.
-¿Qué diferencias encontraste dentro del trabajo?
-Acá se respeta más creo yo. A un cuchillo Tramontina se lo mira con respeto. Allá no existe la carne blandita. Las vacas se la pasan trepando morros, y le quedan las cachas duras como una piedra. ¿Cortar un pedazo de nalga brasilera? ¡¡Pfff!! ¡Te la regalo!
Por otra parte, allá no existe el afilador. He visto a muchos de mis hermanos morirse del aburrimiento durante años, una vez que se les gastaba la parte de la sierrita.
En cambio acá, cuando uno viene medio vaqueteado, sabe que a lo sumo pasará uno o dos meses, antes de que se escuche el firulete del afilador. Y ahí, mal que mal, de ocho o de cuatro, uno sabe que juega. Se le rotará la función, pero juega.
Trabar puertas, cortar el asado, hacer de destornillador, etc, etc, etc. Uno se siente valorado como utensilio.
Lo dejamos apoyado en la mesa, listo para comenzar una vez más la tarea que la vida le ha encomendado.
Uno se aleja de la casa de barrio, con algunas preguntas menos, y con algunas certezas más, después de haber escuchado a una de las campanas a las que en general, no se escucha, porque es de las que suenan bajo…
Hasta la siguiente entrega…